
El primer trimestre del curso está a punto de terminar. Tres meses y medio de trabajo que toca evaluar en estas fechas.
Las evaluaciones siempre son difíciles. El profesor tiene que plasmar en un papel (bueno, en este caso en el tamagochi) el trabajo, el esfuerzo, los avances del alumno y algunas otras cuestiones.
Las escenas que se viven en otros días, aunque se repiten evaluación tras evaluación, no pierden carga dramática. Por un lado, están los alumnos que suspenden. Casi todos lo sospechan ya, pero confirmarles la noticia es todo un trago. Aunque la casuística es compleja y el análisis de las causas del pequeño fracaso da para un par de artículos, hay muchos casos en los que da bastante lástima tener que comunicar la mala calificación. En otros casos, sin embargo, lo que toca es felicitar al alumno por el buen trabajo realizado, que se materializa en una buena nota. Hay momentos que, como decían en un anuncio, no tienen precio. Por ejemplo, cuando un alumno se acerca a conocer su nota y, al descubrir que es muy buena, le cambia absolutamente la expresión de la cara, con una sonrisa que se le sale de los mofletes.




