Bienvenidos a la penúltima edición de este curso. Sólo faltan dos viernes para las vacaciones de los profesores (uno menos para las de los alumnos) y eso se nota en la vida cotidiana del centro.
Esta semana ha venido marcada por la realización de las recuperaciones. Salvo honrosas (y escasas) ocasiones, la actitud que han mostrado los alumnos ante esta última oportunidad ha sido lamentable. Considero que las recuperaciones son una oportunidad (me gusta cómo suena eso de medida de gracia) que se le concede a los alumnos para que puedan superar las materias que durante el curso y por diversos motivos no han sido capaces de aprobar.
Pero por desgracia muchos alumnos no comparten esta visión objetiva, sino que consideran estos exámenes como un trámite más, algo burocrático, y muestran todavía más desidia que durante el desarrollo del curso. Es bastante habitual que, incluso antes de recibir los enunciados de las preguntas del examen, te estén preguntando ya si pueden entregar. Y eso por no mencionar a los que ni siquiera se presentan.
Tampoco quiero ser hipócrita y asumo ni cuota de responsabilidad por no haber sabido motivar a los alumnos y por no haber sabido explicarme mejor. De todos modos, y como soy optimista por naturaleza, me quedaré con los que realizan un esfuerzo adicional en estos últimos días y han conseguido superar la asignatura, aunque este tipo de individuos es tan escaso que se puede contar con los dedos de una mano (y no exagero).
Esta situación me lleva a plantearme la utilidad didáctica de estos exámenes de junio, que suplen a los tradicionales exámenes de septiembre. Creo que es lógico que si un alumno no ha conseguido superar los contenidos de un curso disponga de unos meses (los del verano) para prepararlos mejor, para ir estudiando y trabajando a su ritmo las lecciones y luego poder examinarse.
Lo que no es muy lógico es la situación actual. Un ejemplo aclaratorio: los alumnos que suspendieron el examen del día 7, ¿pueden aprobar la asignatura entera el día 16? Téngase en cuenta que no sólo cursan una asignatura, sino en torno a 11, así que multiplíquese el problema antes mencionado por la cifra adecuada.
Otro problema añadido es las dos semanas y pico de curso que se pierden con estos exámenes finales. Si el tiempo está ya ajustadísimo para intentar hacer frente al contenido del currículo, ya me contaréis. Me pongo en plan reivindicativo: ¡Exámenes en septiembre ya!
El último problema que genera esta situación es, paradójicamente, el que suponen los alumnos buenos que han aprobado todas las asignatura. Si sólo acudiesen a clase los alumnos que tienen que recuperar, se puede hacer repaso. Pero, ¿qué hacer con los que han aprobado, y con buena nota, la materia?
Parece razonable que estos alumnos sigan avanzando, profundizando en los contenidos de la materia. Aparecen en este caso dos grupos bien diferenciados: los que hacen actividades de cara a la recuperación y los que amplían sus conocimientos, siendo prioritarios en este caso los que tienen que repasar.
Dar clase en esta situación es bastante complicado, y dado el caso, puede ocasionar trastornos de personalidad, porque uno tiene que estar cambiando de papel constantemente, por un lado animando a los que están aprehendiendo nuevos conceptos, que ya dejaron el curso resuelto en la primera vuelta, y por otro repasando, repitiendo, machacando. Menos mal que, en mi caso, me enteré bien en la facultad de lo de la multitarea y no lo llevo mal.
Otro tema que daría para hablar otro rato es el de la brecha, cada vez más pronunciada, que se produce entre estos dos grupos.
Pero esta disquisición la dejo para que cada cual la haga a su gusto, que ya os he mareado bastante.
Gracias por soportarme otra semana más y hasta la próxima.




